miércoles, 15 de octubre de 2025

XLIX EDICIÓN DE RELATOS FUNDAMENTALES: “Mudanza”





Temala vida es una mudanza perpetua. Mudamos casas, trabajos, coches. Mudamos amores, amigos. Mudamos hasta sin saber la piel y objetos queridos y personas que tardamos en darnos cuenta de que ya no están.


Os proponemos sintonizar el oído con el latido del cambio continuo para escribir un relato liminal.


Método de envío: tus ideas cambiarán de tu cabeza a texto, y se mudarán a una entrada en este blog

Extensión: no pondremos límite al despliegue de tu creatividad 

Fecha límite: 15 de noviembre de 2025

Lugar: a lo ancho y largo del universo

Lectura de los relatos: la responsabilidad caerá aleatoriamente sobre los presentes, que podrán mudar tal honor a quien lo reclame. 

Lugar de la siguiente edición: la nueva edición se mudará a un nuevo escenario, que será decidido en algún momento indefinido.



13 comentarios:

  1. Pobre infeliz, nunca se dan cuenta hasta que es demasiado tarde. No se les puede culpar, mis encantos son imposibles de esquivar.

    Nos vimos por primera vez en el herbolario de la calle Mayor, esquina con ninguna parte. Primero unos pequeños cruces de miradas por la periferia del ojo. ¿me miras?, ¿igual me reconoces?

    Noto el primer despertar de la sangre en las capas superficiales de tu piel. Las cavidades de tu nariz se expanden. Tu pupila se contrae. Es muy sutil. El resto de encuentros siguen pareciendo casuales, somos vecinos ¿verdad? No tengo redes sociales, lo siento, nunca me ha gustado exponerme, dan asco. Eso siempre ayuda a entablar una relación sólida. Igual un café, un paseo juntos, unos dedos que se aproximan y revelan un aura cálida de atracción. Tu respiración se agita y tu corazón palpita con fuerza. Es el momento.
    El lugar escogido es húmedo y oculto, pronto tu piel será mía, continuaré el ciclo hasta la próxima luna nueva.

    Estaba equivocada, pobre infeliz, un depredador sabe reconocer a otro cuando lo tiene delante.

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  2. Vale, ya está. Última caja cerrada y sellada.
    Mira a ver. ¿Te dejas algo?
    Déjame pensar…
    Miro alrededor. Silencio entre paredes vacías. Siempre ha sido muy silenciosa esta casa y es de lo que más me gusta. Me encanta, pero el silencio no puedo llevármelo, ni la luz del sol por la mañana entrando con ese ángulo un sábado de Noviembre. Hay cosas que no puedes meter en cajas. No puedes meter las peleas en la cocina porque no hay suficiente espacio y los dos no cabemos y aprovecho para abrazarte y ay quita que se me cae esto, que mancho, vamos, ¡rapidez, agilidad! Déjame hueco. Un beso. Pásame el cuchillo. Abre arriba que se vaya el humo… Ni cuando cocinamos por última vez, ni cuando nos bajamos a dar un paseo y estamos en la zona más bonita e interesante de toda la ciudad. Ni cuando vamos al Retiro a empaparnos de otoño porque lo tenemos al lado. No me puedo llevar los golpes en la cabeza contra las malditas vigas del techo, que están muy bajas en algunos sitios. Y esos golpes son míos. Igual que el sonido resonando en todo el tejado si toses en el lugar adecuado. No se puede empaquetar el olor a casa cuando llegas de vacaciones y entras y miras todo y compruebas que todo sigue ahí en su sitio, donde ya no va a estar más.
    Quiero llevarme este suelo, el que mis pies descalzos conocen, el que hemos limpiado tantas veces, donde nos hemos tumbado en verano porque estaba fresquito, el que hemos llenado de migas delante del sofá. El que van a mancillar ahora extraños.
    Ya no voy a poder sacar la cabeza por la ventana del tejado del baño, para ver las nubes rojas del atardecer, extasiado en equilibrio precario sobre la taza del váter. Ni escuchar el concierto de micropercusión desacompasado cuando llueve, y el repiqueteo hipnotizante sobre las tejas y las claraboyas te abraza por todas partes. Y te hace arquear las cejas y mirar para arriba y susurrar “ostras…” si llueve muy fuerte.
    No puedo llevarme el escalón maravilloso del salón, ese que todo el mundo elige en vez de las sillas o el sofá. El que sirve para dejar la compra y para discutir. El escalón donde me siento a mirarte mientras dejas las cosas cuando llegas de trabajar
    Bueno ¿qué? ¿Te dejas algo o no?
    Lloro un poco, en silencio…
    Me lo dejo todo.

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  3. Más cajas. Amontonadas. Rápido, rápido, rápido. Eso no importa, déjalo. Ni eso! No pienso cargar con eso! Venga aún hay hueco. Miro al cielo. Hay una luz muy extraña. Irreal. Vamos, vamos, vamos, un viaje más. Cada uno que coja todo lo que pueda. Salimos en 4 minutos. Las fotos!! El cuadro que pintó el abuelo y los libros de los que hablamos, sólo los especiales. Venga, date prisa. Cada segundo cuenta. Deja de mirar al cielo y haz algo! Los papeles importantes, la carpeta que pone médicos y la que pone trabajo. No me cabe más ropa en las maletas así que me pongo triple capa de cosas encima. De todas formas hace frío. Mierda la furgoneta ya arranca. Vamos, venga vamos! Monto en marcha por la puerta de atrás y me agarro como puedo entre las cajas y bolsas. Como la puerta no cierra bien por algo que sobre sale, miro otra vez al cielo a través de la parte entreabierta. Está cambiando de color muy rápido. Es increíblemente bello… aterradoramente hipnótico. Paradójicamente, siempre había deseado presenciar algo así, desde la seguridad, claro… ¿Cuánto nos queda? No se sabe a ciencia cierta… Al final, igual la mudanza no sirve de nada, quién sabe… Dijeron que al menos habría que moverse 300km… Hay que joderse, la verdad. ¿Qué probabilidad había? Dicen que es como si tiras al aire los granitos de arena de una playa entera y te cae encima el granito de arena premiado. A mí no me ha tocado un premio de lotería en la vida, pero esto ahora sí nos ha tocado, el maldito granito de arena de todo el universo va a caer en Navarrevisca. La furgoneta da un frenazo y las cajas y yo hacemos un emparedado instantáneo. Puta mudanza. Y puto asteroide…

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  4. Marta, de ocho años, trota y pelea con las olas a la orilla del mar: con las manos, con los codos, con los brazos y los pies. No existe nada más que ese pedazo de mar para ella y su cuerpo radiante. Cuando termina sale corriendo, hacia la izquierda. Al rato, mira y no ve lo que busca. Sus padres, sentados a lo lejos, le llaman por su nombre, muertos de risa.

    Julieta, de catorce años, las escasas veces que piensa en la vida de sus padres, está segura que ella se lo montará mejor. No será tan pesada, ni hará esas bromas tontas, ni perderá los nervios. Será más libre, más valiente.

    Sandra, de cuarenta y nueva años, camina, y en el gusto de notar la energía de su cuerpo, se reconoce. Antes quería pisar más fuerte, ahora pisa como le sale. Nota un leve dolor en la planta de los pies, que cada vez la visita con más frecuencia. Y sabe que eso no es interesante para nadie. Se sigue asombrando de que, los grandes temas, esos que te encuentras como enigmas irresolubles, pasado un tiempo se desvanecen. A veces se cuenta que los diluye la sabiduría. Otras se dice que, con ellos, desaparece un mosaico preciado de pisadas antiguas.

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  5. Arañaban el cielo, en el horizonte, los últimos destellos de sol del día. Lentamente, la paleta de colores del atardecer iría dando paso a la oscuridad.

    Se dejó mecer por los recuerdos. Sus manos curtidas alternaban el firme devenir de la azada, con el tacto delicado que comprobaba las tiernas hojas que iban brotando.
    Manos que habían criado sobrinos, hijos, nietos... Manos que han nutrido, acunado.

    Había vivido muchas mudanzas. Franco había decidido inundar su pueblo natal, pero esa riada nunca anegó su recuerdos. Ella y sus hermanos siguieron adelante, al menos el caudillo respetó el descanso de los que habían quedado atrás, permitiendo su traslado al cementerio del cercano villasur.

    Se casó, se mudó nuevamente.. después llegarían sus adoradas hijas, y su estatus mudó al de madre y esposa. Este último estatus murió al de viuda temprana y trágicamente. Pero la única opción era seguir.

    Lo que nunca mudaron fueron sus valores: la familia, el amor por la madre naturaleza, los animales por los que se desvivía... Sí mudó con los años quizás un poco su carácter, descubrió que sin perder fuerza ni carácter podía dar muestras de su vulnerabilidad.

    Mudaba su mente entre retazos de la dureza más lejana de la posguerra y el más amable ahora, las mudanzas de casa a casa de sus hijas, sus nietos, sus documentales de la 2 de sobremesa donde podía ver sus amados animales... cuando entonces sucedió. Las vio, ssistiendo, un año más, a su mudanza favorita.

    Sobre el cielo tornasolado entre añil sereno, rosado pálido y un rojizo que clamaba fuego, se dibujó una figura, en forma de V, que inundó todo el firmamento. Contuvo el aliento, de hecho, tuvo la impresión de que la escena contenía también el aliento, espectadores de ese magnífico espectáculo. De un momento a otro se paralizó todo, la madre naturaleza lista para presenciarlo. Un año más. Una brisa suave, pero firme le acarició las mejillas, estaba entrando el otoño, tímida pero inexorablemente, igual que mudaban los árboles, las montañas, los ríos y pantanos su atuendo.

    Se dejó extasiar por ese sonido inconfundible, hubo un momento que incluso cerró los ojos, para concentrarse aún en ese hito que unía su infancia, en la era corriendo, su adultez, pastoreando y cultivando, y su vejez, disfrutando de sus hijos y nietos. Las grullas volvían a mudarse. Anunciando un nuevo comienzo de todo un ciclo. En una semana, un manto blanco cubriría las cimas que ahora asomaban tímidas en el horizonte.


    Un ciclo, sin comienzo ni fin... ojalá la maltrecha salud de la naturaleza nos permita seguir asistiendo a él, que de momento no parece que podamos mudarnos de la Tierra... Justo cuando su ánimo comenzaba a ensombrecerse surgió una vocecita apremiante que le insufló esperanza:

    -Abuela, volvemos ya a casa? Ya hemos dado el último paseo del día y tirado la basura en el contenedor de reciclaje.

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  6. El camión de la mudanza maniobra con quejidos metálicos y hedor a gasoil quemado que emana del tubo de escape. Traquetea al ritmo del motor hasta que un suspiro neumático chirriante parece indicar que se detiene. Lo observo desde la ventana al otro lado de la calle sin mirarlo realmente, pensando en lo mío, mis intereses, mis finanzas. Pensar en la vida errante de esos pobres diablos que conducen camiones me distrae, no sin cierto prejuicio, pero lo que es seguro es que esta gente no luchó lo suficiente.
    Si quieres, puedes.
    Aborrezco a quien no intenta mejorar. ¿No saben que el éxito llama al éxito? No se puede culpar al sistema, cada uno tiene su responsabilidad… Vuelvo a lo mío. Pensando en mi apuesta tan arriesgada, en mis rentas… El ‘ding’ de aviso de mensaje que salta en mi portátil me arranca de mi abstracción. No podían ser peores noticias. Mis dedos, como garfios metálicos reaccionan al mensaje con vida propia en dolorosa contractura y agarran pelo de mi cabeza con tensión acumulada de varios días. El mensaje implica un riesgo inminente de gran pérdida de mi patrimonio. Es intolerable, aunque aún no está todo perdido. Para que luego digan que los rentistas no trabajamos ni padecemos de estrés.
    Ding. Nueva notificación. Hay un efecto inesperado en las fluctuaciones de mercado. Ahora la cosa se está poniendo fea. Siento como si la piel se me estuviese cayendo, en grandes tiras. Oigo una voz en la calle. El camión de la mudanza ha abierto sus puertas y están empezando a descargar, parece que alguien se muda a mi edificio. No lo sabía. Me muevo erráticamente por la habitación, repensando las cuentas una vez más. Aprieto los puños y me muerdo en mueca torcida el labio inferior. Corro al ordenador a confirmar un valor estadístico, una tendencia, un temor… La situación es cada vez peor, pero ¡¡¿cómo ha podido pasar?!! Esto supone cada vez con más certeza un giro penoso e irreversible y no me queda más remedio que arriesgar más. Contra mi voluntad y la prudencia aconsejable, ejecuto una orden de compra que me compromete totalmente.
    Espero.
    Nada.
    Espero más.
    Siento como si se me estuviesen contrayendo músculos y huesos, metamorfoseando mi cuerpo atlético en una figura precaria y contrahecha. Mientras miro petrificado de angustia la indiferente y fría pantalla, escucho a los mozos de la mudanza subir cajas y trastos por la escalera. Deberían haber comunicado una mudanza. Detesto que me molesten. Mi aporofobia instintiva me distrae en desagradables sensaciones. Ding. Ding. Oh no… Estoy jodido… ahora sí que lo he perdido todo. Noto que mi piel se arruga. Percibo como si mi pelo se volviera ralo y gris. El entumecimiento de una artritis apoderándose de mis articulaciones ¿Puede el estrés convertir los músculos sanos en flácidos y quejumbrosos apéndices? Vuelvo a mirar y recomprobar todos los datos. Debe tratarse de una pesadilla. Pero no lo es.
    Dios mío. De verdad he perdido todos mis activos. Todo aquello que me permitía vivir sin trabajar. ¿Significa esto que voy a tener que buscar trabajo? Llaman a la puerta. No podía ser en peor momento. Abro con la cadena echada. Una mujer altiva de edad avanzada, perlas al cuello, falso bronceado y cara de no querer ensuciarse. Con ojos suspicaces que miran desde arriba y gesto de asco, me dice que la mudanza la tenía que haber avisado en la comunidad con antelación, que estoy molestando. ¿Y qué ha pasado con el joven de bien que vivía aquí? El de las finanzas. Me miro en el espejo de la entrada. Pelo largo desmadejado de canas, mis ojos ojerosos enmarcados en mi rostro cansado de trabajar. No sé de quién habla señora, pero deje pasar. Los mozos empiezan a dejar las cajas por el salón. Me siento extraño, pero debe ser el cansancio acumulado. Vuelvo a mirar el ordenador, a ver si hay suerte con la última oferta de trabajo. Ayudo a colocar las cosas haciendo hueco. Siento simpatía por esta gente. Pura clase trabajadora. Orgullo obrero. Me rasco la espalda ¿qué es esto?
    Parece un resto de piel muerta…

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  7. La gente siempre muestra su mejor cara en los comienzos de una relación. Hacen gala de su simpatía y generosidad, son atentos, ocultan sus bajezas y se preocupan por ti hasta que se crea un vínculo.

    Potenciamos los intereses comunes y escondemos las diferencias bajo la alfombra. Repetimos la ecuación a diario hasta que empezamos a girar en la órbita del otro, hasta que el tiempo que compartimos juntos resulta orgánico. Convivimos.

    Un día, sin saber cómo ni por qué, sin que medie un motivo de peso te das cuenta de que algo ha cambiado. Apenas os dirigís la palabra y si lo hacéis es para lanzar un reproche. No quedan vestigios de aquellos primeros encuentros felices. Ni sonrisas, ni miradas cómplices. Evitas incluso cruzarte con el otro.

    Te preguntas cómo has podido llegar a ese punto, de quién es la culpa.
    Sabes que él ha traicionado tu confianza y descubres que ha escupido barbaridades sobre ti a tus espaldas. No eres el primero al que se lo hace, es su modus operandi.
    Tras meses de profunda amargura llegas a la conclusión de que no merece la pena buscar una solución. Tienes que mudarte si no quieres aparecer algún día en la sección de sucesos de algún periódico. El ambiente es irrespirable. Una huida hacia adelante es la única opción para evitar un episodio violento y para recomponerte.
    Quisieras advertir al siguiente de que no se deje engañar como tú, pero sabes que no es tu responsabilidad y la prioridad es marcharte. Encuentras un nuevo hogar a cientos de kilómetros de distancia y vuelves a empezar de cero. Esperas haber aprendido algo, sacar una lección de todo esto y, al mismo tiempo deseas que el hijo de puta no te haya arrebatado la capacidad de confiar en los demás.

    A mis exvecinos, la relación más innecesariamente tóxica que he tenido.

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  8. Introduce la llave en la cerradura de su puerta sabiendo que no traspasará el umbral con la ligereza de la cotidianidad porque la vida hoy le pesa, le pesa mucho, y también le asusta. Respira profundamente, como le han enseñado, para enfrentarse al que era su hogar -de los dos- y a partir de ahora tendrá que nombrar en singular. Lleva unos días en casa de sus padres, cogiendo fuerzas a base de cariño y sopa caliente, asumiendo el duelo, rearmándose. Al empujar la puerta con forzada convicción el corazón se le dispara. Huele como siempre, pero la extrañeza le invade y con el primer vistazo se da cuenta de que el vacío lo llena todo. Faltan los dos cuadros del salón, la silueta clara en la pared denuncia su ausencia. Se los ha llevado... Se los ha llevado . Lo siente como un impacto en la boca del estómago que le hace caer al suelo. Es la primera de muchas faltas que le iran golpeando a medida que las descubra. Llora en el suelo con desconsuelo, con desgarro, el abrigo aun puesto, la angustia en la garganta.

    Pasará el tiempo y sustituirá los cuadros por brillantes fotografías de nuevos viajes, hará de esa casa un lugar propio y aprenderá a quererla, tendrá nuevos hogares, nuevas parejas, una familia propia. Aun no lo sabe, pero curará esa herida y cuando en el futuro contemple la huella pálida de un cuadro retirado en cualquier pared, evocará con distancia y benevolencia el recuerdo de aquella fragilidad.

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  9. La oruga, una vez salió del huevo, se arrastraba con hambre. Menos mal que había hojitas verdes que agujerear. Menos mal que ningún pájaro acertó a cogerla. La oruga no vivía en el cuento aquel de Alicia en el país de las maravillas. No tenía pipa. Pero como su prima literaria sintió un impulso repentino, se envolvió en un capullo que ella misma se tejió y mudó de piel. Cambió alguna que otra pieza, se dejó crecer unas bonitas alas y ¡catapún!. Mariposa. Qué cabrona la oruga. No tenía que hacer cajas. Noelia metió en una de las 20 que le rodeaban el cuento infantil mientras farfullaba contra el pobre insecto. Un pequeño tic asomaba en el párpado derecho. Por lo menos los niños estaban en el cole. Deseó un poco de la pipa de la oruga de Alicia. Deseó no haber deseado cambiar. Deseó haber tenido más tiempo. Deseó estar en Madrid. Y a la vez, mierda, las alas de mariposa estaban cada vez más cerca... ¿Cuántas mudanzas van ya?

    FDO: Microrrelato que no llego, se ve que yo no mudé de hábitos... Digo "AlasdeMariposa" que queda más ñoño.

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  10. Bilbao, 25 de septiembre de 2025
    Una nunca sabe lo que puede aparecer, o desaparecer, en las cajas de una mudanza, pero lo sucedido en la jornada de ayer en la localidad bilbaína de Getxo supera lo imaginable.

    Según lo relatado por la policía local a las 17:30 recibieron un aviso de acudir al número 15 de Abasota Kalea. Allí, le esperaban dos operarios de una conocida empresa de mudanzas que querían dar testimonio de lo sucedido a las autoridades locales porque “tal y como están las leyes con las mujeres uno nunca sabe”. Les contaron que, cuando quedaba poco para acabar la mudanza, al subir un pesado baúl de madera al nuevo piso, notaron que algo en su interior se movía. Entonces decidieron abrirlo y, ante el asombro de todos, dentro se encontraba la mujer que les había contratado la mudanza. Ésta, con bastante agilidad, salió del baúl y les agradeció el traslado, pidiéndoles disculpas por no haber revelado antes su intención.
    Posteriormente, les explicó que esa misma mañana, unos minutos antes de que ellos llegasen a su antigua casa con el camión de mudanzas, se sentía desbordada emocionalmente, la casa que abandonaban era la casa en la que ella se había criado, se veía incapaz de despedirse de tantas vivencias, textualmente les dijo “sería algo así como arrancarme la piel”. Entonces vio ese enorme baúl (actualmente destinado a guardar la ropa de invierno, pero anteriormente caja de los disfraces de sus hijos, previamente caja de los apuntes de otros cursos cuando eran universitarios, antes caja de los juguetes de su hermana y ella y antes, mucho antes, le habían contado que era la maleta con la que su abuelo hizo las américas) y vio claro su plan de supervivencia a la mudanza: dejó la puerta entreabierta, escribió un breve mensaje de whasapp excusándose por no estar presente y se metió en el baúl. La mujer reconoció lo extrafalario de su decisión, casi parecía que estaba escenificando su propia muerte, pero aseguró que lo volvería a hacer: esa casa lo merecía.

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  11. Mantienes la calma frente al ventanal mientras el coche, parado a una distancia prudencial de la casa, termina de cerrar su portón trasero con un ronquido hueco. Tocas el cristal y sientes el frío, la condensación que alberga aún la casona en su interior pinta carriles juguetones sin dirección. El salón, donde resuenan los ecos de la televisión, las escalaras donde te diste aquel primer beso apasionado, la habitación con el papel pintado de elefantes blancos y azules, con la esquina desnuda. Siempre te pareció muy divertido arrancarlo y sacar las vergüenzas del yeso que dormitaba arropado en segundo plano. Te descubres en cada rincón, en la marca de los espejos descolgados y de los portafotos que custodiaban celosos tantos momentos atrapados en un infinito limbo temporal. Subes al pequeño desván, la madera murmura. Tu pequeño sofá, musa de tus desvelos, encara el tragaluz dando la bienvenida al perezoso amanecer. Siempre te encantó descansar aquí. Abrazado por su reposo te evadías durante horas en lecturas interminables, en profundas reflexiones o simples cabezadas. Te sientas en él, a sabiendas de lo que ha costado dejar todo atrás. Escuchas el motor cuando este arranca. Te marchas, pero no te preocupes, siempre estarás aquí para recordarte.

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  12. El viaje de V


    Soy consciente de no ser el primero (ni el último) en plantearse esto, pero: ¿qué hago yo en esta situación? Si alguno de vosotros ha hablado solo alguna vez, me comprenderá. No me entendáis mal, tan solo me habría gustado poder expresar mi opinión antes de emprender este viaje.

    Abandono todo lo que he conocido, solo estoy yo y mis pensamientos.

    Los datos no guardados hasta ahora se perderán irremediablemente. Por eso guardo con cuidado las genialidades espontáneas, los mensajes para uno mismo.

    Como un Pigafetta moderno, registro cada detalle del viaje, con la certeza de que no volveré.

    Por el camino escucho la música de mi tierra. Trato de hacerlo solo de vez en cuando, ya que no puedo con la nostalgia. Por eso intento no mirar atrás, ahora que mi hogar no es más que un pequeño y azulado brillo.

    Esta será mi última comunicación, si es que alguno la recibe. Buenas noche, V.

    A las 22:34 del 14 de junio del 2012, los ingenieros parecieron detectar una señal proveniente de espacio exterior. En seguida se descartó como simple ruido, sin embargo, y tan solo durante unos milisegundo, por la mente de uno de los operarios de la estación de control se cruzó la idea: la Voyager acababa de abandonar el Sistema Solar.

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  13. La lingua italiana ha una parola perfetta per dire 'mudanza': TRASLOCO!

    INo puede ser más acertado. TRASLOCO es comprar cajas nuevas (se han negado a regalarte en los chinos las que les sobraban), para meter tus cosas viejas, y darte cuenta de que a veces el cariño es inversamente proporcional a la novedad de cosas que colocas cuidadosamente, y directamente proporcional a la inutilidad de ellas.

    Por cierto, sabes que cuanto menos pienses que vas a usar algo-y por ende, decidas ya empaquetarlo para la mudanza-, más crecerá de repente el anhelo de lo mismo y descubrirás que está más profundo en las cajas.

    Te puedes volver locamente minimalista, o intentar serlo, y oír de fondo... 'cómo vamos a tirar eso???', hala, ya la hemos liado.

    Puedes tirarte días llorando por dejar atrás tu casa 'vieja' donde has vivido tantas cosas, aún a sabiendas que lo intangible (y que no necesita caja, yupi!), se irá contigo. Puedes estirar el día de marcharte. Atesorar las últimas horas. Incluso quedarte con unas llaves del buzón temporalmente 'por si llegan cartas'. Puedes llorar, incluso llorar en el notario. Para después, montarte en el coche, llegar a tu casa 'nueva', y decir, ya era hora, mientras ríes nerviosamente porque se te cae la caja con las cosas 'comovamosatirareso'

    Ah, desempaquetar. Las primeras cajas van rotuladas, se sabe lo que hay dentro, en los rótulos de los siguientes bultos, simplemente se hace vagamente referencia a donde solían estar 'cosas de la estantería del salón ', y en las últimas cajas correquevieneyaelcasero tan pronto puedes encontrar unos tampones como unos clips como un ticket de parking como un ambientador a medias.

    Puede, en cambio pillarte el toro, y limpiar por encima la que ha sido tú casa, 'bah ya me devolverán la fianza', pero cuando llegas a la nueva, mirar con lupa cada rincón como si fuera un bebé al que hay que cuidar.

    Las casas de hoy en día están cambiando mucho y lo sabes. En las últimas horas, sientes vértigo al despedirte de tu caldera de gas, y te aferras a que si no te enteras de cómo va el suelo radiante ya lo pondrás manual. Tampoco entiendes el sistema de aerotermia, ni el horno, ni la placa vitrocerámica, no sabes dónde están los led, será todo novedoso, una sorpresa constante. En ese recorrido decidirás volver a tu primera mudanza de estudiante e instalarte en la terraza a comer precocinados mientras vas descifrando las instrucciones de tanta cosa.

    Los carroñeros del wifi os perseguirán para ganar adeptos, saben que sois nuevos pero resistiréis sus cantos de sirena, lo que faltaba, un cacharro más, encima ininteligible? Nada, nada.

    Aceptaras unas toallas de tu madre para vuestro nuevo nidito. Pero de repente te darás cuenta de que no era eso lo que tenías que haber aceptado, sino que eran vasos, así que al Leroy Merlín a por vasos. Acabarás con superávit de vasos y toallas. Intenta rotularlo bien para la próxima mudanza . Spoiler: irán contigo, comovamosatirareso.

    Con tanta locura y novedad... aunque habías decidido ser una nueva persona meticulosa y ordenada, para sobrellevarlo, tendrás que acumular, día a día, un poco de ropa en la silla del dormitorio. Por los viejos tiempos!!!! Viva el TRASLOCO!

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